A propósito de Mc 4, 26-34
Creía que era algo que debíamos
de construir como si fuera un estado territorial, ayudados por la fe crear una
existencia ideal frente a la realidad precaria y desigual que somete. Una lucha
de progreso espiritual para llegar al bienestar social y moral, a la vida plena.
Creía que su Reino de misericordia y justicia se trataba de eso. Pero su poder
es más amor que política, por amor nos comprometemos con Él, amar es la razón
de creer.
Dice el Evangelio que el
Reino de Dios es una realidad que está dentro nosotros, es inmenso pero cabe en una simple semilla. «Sólo
es necesaria una semilla diminuta: arrójala al alma de la gente sencilla y no
morirá, va a vivir en su alma toda la vida, va a ocultarse entre las tinieblas,
entre el hedor de sus pecados, como un punto luminoso, como una gran
advertencia»1.
Cuando el Reino se niega sucede
el destierro, el amor no ayuda, la esperanza se detiene… Casi inadvertido el
reinado de Dios es llevado por los pequeños, los humildes como un ángel herido. Lo
salvan.
carminis
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Imagen:
El ángel herido (1903), Hugo Simberg. Ateneum Museum de
Helsinki (Finlandia).
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